Memorias de una medica cubana en “Masmedicos” de Brazil.


“Lo peor es que ni ellos entienden la situación real que tienen. Lo más difícil fue cuando llegué al consultorio tener que acostumbrarme a trabajar con un equipo que yo veía como que el paciente y los problemas de salud de la comunidad no eran lo fundamental, sino lo que le pagaban y eso me chocó mucho, al igual que ver a los niños picando piedras para sustentar a su familia y no ir a la escuela. Era muy difícil tener que remitir un paciente dos horas de camino y cuando llegara que el médico no lo mirara…”.

“Lo peor es que ni ellos entienden la situación real que tienen. Lo más difícil fue cuando llegué al consultorio tener que acostumbrarme a trabajar con un equipo que yo veía como que el paciente y los problemas de salud de la comunidad no eran lo fundamental, sino lo que le pagaban y eso me chocó mucho, al igual que ver a los niños picando piedras para sustentar a su familia y no ir a la escuela. Era muy difícil tener que remitir un paciente dos horas de camino y cuando llegara que el médico no lo mirara…”.

Tomado de un articulo de: .
Viernes, 24 octubre, 2014

La doctora Maricel Hernandez, medico de la familia,máster en Ciencias de la Educación Superior, especialista de segundo grado en Medicina General Integral, profesora auxiliar  y que ejerce en Brazil, cuenta sus vivencias en ese pais al diario “Escambray” de Sancti Spiritus, provincia de Cuba, de las cuales republicamos fragmentos a continuacion:

“Lo que más me ha enseñado Brasil es que, pese a imperfecciones, nosotros tenemos un sistema de salud único, porque el gigante suramericano tiene un guion bueno, pero una puesta en escena fatal. He aprendido que tener una gran economía no importa si no se sabe distribuir bien los recursos y comprobé, además, que los cubanos marcamos la diferencia por la consagración para atender a un paciente. Pero lo más que le agradezco a Brasil es que me hizo volver a ser médico de familia y eso ha sido lo máximo porque me gusta, porque soy una apasionada de la Medicina Familiar”.

Hace poco más de un año, cuando puso un pie en aquel caserío brasileño, ni los más viejos recordaban haber visto una doctora así, en cuerpo y alma, por aquellos lares todos los días de este mundo. Hasta entonces Barrigada de Aníbal, comunidad del municipio de Umburanas, en el estado brasilero de Salvador de Bahía, no era más que un recodo olvidado, uno de esos tantos pueblos únicamente trascendentes por el lodo rojizo que se pega cuando se anda por ahí de paso o por aquel lago revuelto del que sale el agua hasta para beber o por esos niños descalzos que pican piedras a la vera del camino.

“Estoy trabajando en un consultorio situado en un municipio de extrema pobreza, como se clasificó, donde la gente es muy humilde, no tiene empleo, los niños no van a la escuela; una comunidad bien difícil socialmente, pero muy fácil de trabajar porque está virgen”.

No lo había vivido ni en Venezuela ni en Guatemala —donde estuvo antes de misión—, por eso le costó acostumbrarse a aquellas caritas infantiles que se asomaban del otro lado del cristal del comedor del consultorio para esperar las sobras del almuerzo o ver a un paciente convulsionar mientras la doctora brasileña lo observaba, sin tocarlo, desde la puerta de la consulta. Desde entonces, a Maricel comenzó a dolerle Brasil.

“Lo peor es que ni ellos entienden la situación real que tienen. Lo más difícil fue cuando llegué al consultorio tener que acostumbrarme a trabajar con un equipo que yo veía como que el paciente y los problemas de salud de la comunidad no eran lo fundamental, sino lo que le pagaban y eso me chocó mucho, al igual que ver a los niños picando piedras para sustentar a su familia y no ir a la escuela. Era muy difícil tener que remitir un paciente dos horas de camino y cuando llegara que el médico no lo mirara…”.

Y sin advertirlo la insensibilidad se fue trastocando. Pudo comenzar a cambiar desde el día aquel que la doctora Maricel se le plantó delante al prefecto para exigirle por el techo prometido para vivir o cuando paró la consulta para curarle la pierna a un señor ante la impavidez de la licenciada en Enfermería —porque ese no es su trabajo— o los mediodías sin almorzar por tal de no seguir haciendo esperar a quienes habían caminado hasta 10 kilómetros con los niños enfermos en brazos para atenderse.

“Yo tenía un paciente con una herida abierta y lo curaban una vez a la semana y empecé a irlo a curar todos los días a la casa y cuando ellos me vieron empezaron a ir conmigo. Comencé a hacer visitas domiciliaras y el primer día que llegué a una casa se armó un corre-corre horrible y cuando entramos todo el mundo estaba parado en atención, porque nunca habían visto un médico en la casa, pero empecé un ritmo de trabajo de todas las semanas ir a una comunidad y el equipo a acompañarme.

“Allí se remitía todo al hospital que está a dos horas de camino y en el año que estuve remití solo dos pacientes con fracturas. En ese lapso diagnostiqué un 11 por ciento más de hipertensos y un 4 por ciento más de diabéticos que no se sabían que padecían la enfermedad. En ese tiempo diagnostiqué tres pacientes con cáncer, que pensaban era otra cosa, y había una mujer con un cáncer de mama que llevaba mucho tiempo con una nodulación y no se había atendido rápidamente, le indiqué los exámenes y ya se pudo operar.

“También recuerdo a un joven de 30 años que no podía caminar; y era por gota y nadie lo había tratado y en 15 días resolvió su problema después de llevar meses en muletas. Y a un niño con una epilepsia que hacía un movimiento raro y era una convulsión y creían que eso era normal. Pero no solo en cuanto a la atención médica, también me acerqué a la asociación de moradores de la comunidad y logramos que seis de aquellos niños en edad escolar que picaban piedras se incorporaran a la escuela… Al final dije: sí cambié cosas en Brasil”.

Fuente: Periodico “Escambray”

http://www.escambray.cu/2014/soy-una-apasionada-de-la-medicina-familiar/

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